cultura de otra especie

 

SUMARIO

 

 __ACERCAMIENTO DIGESTIVO A JAVIER OTÁROLA. Wilmar Berdino

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__LA INTELIGENCIA ES EL NUEVO NEGRO. Patricia Tubella

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__"EL ROCK NACIONAL NO COMPRENDE LA REALIDAD DEL PAÍS EN QUE VIVE"· Entrevista con La Trampa (1995)

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__HERZIO, EL MANAGER PARA MÚSICOS EN FACEBOOK

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número nueve - abril 2011

 

Aurora         The King

 Socio                 of Limbs

                     Radiohead

 

 

Si el primer disco de   De los más grandes

Socio tenía una can   talentos   artísticos 

tidad   de  puertitas   de    cada    época

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                   Reseña                    Reseña     

  

 

Jorge Lazaroff (1950-1989)

 

 

             Retrato en varias voces

 

 


 

 

 

Ahora que pasaron más de quince años de la edición de su obra fundamental, es evidente que la música de Jorge Lazaroff  ha sabido atravesar el tiempo manteniendo buena parte de su frescura y de su dificultad para ser aceptada.

 

 

A diferencia de otros artistas que cumplen un rol efímero, el “Choncho” -como le decían- permanece, a contramano de la ausencia de sus canciones en los medios de comunicación. Escuchar la intensidad de “El afilador”, la riqueza expresiva de “El  corso” o la perplejidad que desencadena  “El ojo”,  implica confirmar la incesante atemporalidad de su producto artístico. Junto a Luis Trochón, Jorge Bonaldi, Jorge Di Pólito y Carlos Da Silveira (Los que iban cantando) participó de una de las experiencias más fermentales de la música popular uruguaya,  además de realizar, en su faceta solista, discos imprescindibles como Dos y Tangatos.

 

“Yo lo sitúo en el mismo plano que un Héctor Tosar, que un Eduardo Fabini –dice Jorge Bonaldi-. Lo que pasa es que él eligió para desarrollarse el campo de la música popular. Cuando hablamos de Lazaroff, estamos hablando de uno de los grandes compositores del siglo XX”.

 

       

 

 RECUERDOS FAMILIARES. Rosario Lazaroff (hermana): “Jorge crece en el ambiente más indicado para el desarrollo de sus innatas condiciones artísticas. La música siempre estaba presente en  la casa y por épocas se oía tango, folklore, lírica o zarzuela. Mi mamá escuchaba ‘Su cita folclórica’ y como no había televisión en la casa, con mi hermano poníamos discos en un pasadiscos chiquito que teníamos”.

 

“Cuenta papá que cuando Jorge tenía cuatro años, su juego predilecto era poner los discos uno detrás del otro y que una vez aburrido de esa actividad, con un destornillador hacía dar vueltas al disco e iban sonando las canciones. Con el tiempo iría demostrando de otras maneras su vocación musical hasta que a sus ocho años, mi papá le compró un piano y empezó a estudiar solfeo”.

 

Susi (madre): “Los idiomas y la música eran cosas que habían que brindar a los chicos. Por eso, los tres hijos, desde pequeños, recibieron esa formación. Ellos concurrieron al colegio Anderson, donde aprendieron  inglés, un idioma  tan esencial como lo es  ahora,  para que los chicos se sirvieran de él en su vida futura. Hoy en día es más difícil financiar ese tipo de educación porque los colegios son sumamente caros, pero en aquel momento se podía”.

 

“Jorge era muy pícaro y tenía una personalidad fascinante que lo llevó a recorrer siempre, caminos de gran independencia. En el colegio lo tenían catalogado como el líder de todo el ‘sinvergüencismo’ que había ahí dentro. Una anécdota fue muy graciosa,  Jorge tendría trece o catorce años y yo recibo una llamada telefónica de la secretaria de la directora: ‘Señora de Lazaroff -me dice- estamos en un problema acá y precisamos que ustedes nos ayuden, porque los chicos no quieren entrar al liceo, están haciendo huelga y el que los capitanea es Jorge, como siempre.’ Yo le pregunté ‘Lily, ¿usted está segura de eso?’ ‘Sí sí -insistió- le estoy diciendo lo que veo.’ Entonces le pedí que me esperara un segundo y al rato, lo traigo a Jorge y le digo: ‘Lily, mi hijo estaba durmiendo acá, le va a hablar’.”

 

Juan Lazaroff (padre): “Su hermana Rosario siempre recibía distinciones en las fiestas de fin de año del Anderson  pero Jorge, jamás. Ese año, estábamos sentados con Susi en la platea del teatro Solís, como todos los padres, y de repente anuncian una premiación para él. Desde el escenario lo llamaban, lo llamaban y  no aparecía, porque como no esperaba que le tocara, andaba correteando por el cuarto piso con los amigos. Cuando llegó a recibir la distinción, estaba con la lengua afuera”.

 

Rosario: “No mienten los que dicen que era un ganador con las muchachas. Cuando andaba por sus diecisiete años, a veces le coincidían los encuentros con las dos novias que  tenía y debía ingeniarse para zafar de una de ellas. Recuerdo un verano en Solymar en que estando con una de las chicas, le inventó la historia de que debía viajar a Montevideo. Ella lo acompañó hasta la parada del ómnibus y luego se fue para su casa. A las cinco o diez cuadras Jorge se bajó del  ómnibus y  partió al encuentro de la otra novia”.

 

 

 

 

 

 AMISTAD TEMPRANA. Bonaldi: “Nos conocimos a los seis años en el colegio y ya entonces,  las travesuras que realizábamos a dúo supieron forjar una incipiente afinidad. Nuestra primera suspensión juntos fue por agarrar los bancos de la clase (que en aquella época no estaban atornillados al piso) para jugar a los autitos chocadores”.

 

“Jorge tenía una permanente picardía y una gran facilidad  para eludir la posibilidad de ser detectado cuando copiaba en las pruebas. Era  un chico con bastante sangre fría para eso, la misma que en los años adolescentes utilizaba para colarse en los cumpleaños a los que no nos invitaban”.

 

“El detonante de nuestra relación fue la música y, en  particular, la invasión del sonido británico en los años 63 y 64, fenómeno al cual casi nadie se pudo sustraer y que se daba de patadas con todo lo que nosotros veníamos escuchando a  nivel de música popular. En esa época íbamos para arriba y para abajo juntos y nos reuníamos mucho en la casa de él para -entre otras cosas- conversar sobre las posibilidades evolutivas de la música y como ésta podía ser buena o mala, en función de su capacidad de ensanchar la mente o de atrofiarla. Teníamos quince o dieciséis años y ya estábamos preocupados por ejercer un espíritu crítico sobre lo que escuchábamos”.

 

Los Vagabundos era un grupo que se dedicaba a realizar covers de otros grupos famosos. Ensayábamos en un apartamento que daba frente a la Universidad, a fines de los ‘60, así que desde allí vimos las movilizaciones y la represión callejera que todos los días se desataba. Además, en el grupo estaba Miguel Amarillo, alguien más politizado que los demás, que nos introdujo en un ámbito de reflexión que a la larga nos haría abandonar experiencias como la de Los Vagabundos, al tiempo que nos acercábamos a una música más latinoamericanista, más uruguaya”.

 

“Salvando a Viglietti, nosotros estábamos desconformes con la música local. Buscábamos otra amplitud y las cosas que hacían Numa Moraes, Zitarrosa o Los Olimareños no formaban parte de nuestro credo. Ya cuando en el ‘73 armamos el grupo Patria Libre, veíamos a estos cantantes como muy restrictivos y tacaños,  porque hacían canciones con armonías limitadas y melodías previsibles”.

 

“La salida para Europa estuvo motivada en la imposibilidad de seguir trabajando como Patria Libre y en las grandes dificultades laborales que había en el  medio. El Choncho no tenía con qué bancarse y estando en vísperas de contraer matrimonio con su primera esposa, decidió irse junto con Raúl Castro y sus respectivas compañeras. Al tiempo salí hacia allá y en el Viejo Mundo volvimos a armar Patria Libre, porque le teníamos fe al grupo y se había convertido en una especie de obsesión”.

 

“A esa altura todos nosotros estábamos muy politizados y tanto Lazaroff como Castro no se podían sustraer de participar en política, sobre todo porque en aquella época todavía estaban Franco y la dictadura en España. Cuando llegué a Madrid, Castro y Lazaroff ya estaban metidos en serios problemas: habían caído en una redada que se les había hecho a los militantes del FRAP (Frente de Resistencia Antifascista y Patriótica) y a la larga terminarían expulsándolos de allí”.

 

“En mi caso, la estadía en Europa se extendió por un poco más, lo que me sirvió para ganar en profesionalidad. De regreso a Uruguay y días antes de ver a Lazaroff, me reencontré con Coriún Aharonián. Corrían los primeros días de 1977,  uno de los momentos más sombríos que se pudieran vivir en la historia de estos pueblos: desaparecidos, tráfico de desaparecidos, tortura, muerte. Esa conversación que tuvimos con Coriún fue fundamental para mí y fue el punto de arranque de muchas cosas. Recuerdo que le pregunté ‘y acá,  ¿qué se puede hacer?’ y él  con esa seguridad que brotan de las convicciones profundas me respondió: ‘todo’.”

 

 

 

UNA GUITARRA EN LA NOCHE. Luis Trochón: “Lazaroff había llegado recién de Europa. Dábamos clases en el Nemus, un lugar donde se estudiaban diferentes instrumentos y donde además se dictaban algunas disciplinas vinculadas a la música popular. Jorge fue quien me estimuló y me propuso para que diera clases de guitarra y de canto allí, tarea para la cual, en principio yo no me sentía capacitado”.

 

“La idea de hacer un espectáculo juntos ya venía barajándose e inclusive armamos algo para el cierre de actividades del ‘76 en el Nemus. El grupo estaba integrado por Lazaroff, Trasante, Daniel Bello, Jorge Cepeda y yo. Ahí interpretamos una canción que después se incluiría en el primer repertorio de Los que iban cantando: ‘La zamba de las tolderías’.”

 

“Luego de un curso de música contemporánea del que participé en Buenos Aires, nos encontramos con Lazaroff y Bonaldi en el Nemus,  para mostrarnos las canciones que cada uno de nosotros hacía y bueno, empezamos a preparar el espectáculo. Hablamos con la gente del Shakespeare and Company Café Concert (hoy Teatro de la Candela) que en aquel momento lo manejaban Pepe Vázquez, Imilce Viñas y Jorge Denevi. Entre los preparativos, un día que estábamos ensayando entró Jorge Galemire y ahí le propusimos que se integrara al grupo. El nombre del espectáculo surgió de un texto de Circe Maia que había musicalizado Lazaroff y que integraba el repertorio del grupo. Fue Denevi quien en un momento propuso: ‘¿Y por qué no le llaman Los que iban cantando?’.”

 

 

“Después se desvincula Jorge Galemire y se integra Jorge Di  Pólito. En toda esa etapa fue muy importante Carlos Da Silveira que si bien no integraba el grupo arriba del escenario, estaba siempre en los ensayos, escuchaba, nos sugería arreglos, nos criticaba. Era uno más del grupo hasta que se integró definitivamente en escena cuando pasamos al Teatro Circular y hacemos Los que iban cantando 2.”

 

Carlos Da Silveira: Nosotros  queríamos integrar todo lo que nos gustaba: la corriente folklorística uruguaya, los Beatles, el rocanrol, la música culta contemporánea, la música latinoamericana. Metíamos dentro de nuestra propuesta, toda la información que se tenía. De alguna manera sabíamos que eran estamentos separados pero nos gustaba romper los límites, borrar las fronteras”.

 

“Siempre había una reflexión sobre la obra y lo que queríamos comunicar con ella pero a veces, también dejábamos fluir nuestras propias ganas. En realidad lo que nos  encantaba era sorprender, no por el hecho mismo sino por despertar al tipo que estaba escuchando. No se trataba de adormecerlo sino de hacerlo participar de una experiencia activa. Para ello, nos permitíamos usar cualquier cosa cotidiana, cualquier objeto. Decíamos ‘¿a ver qué pasa con ésto?’  y empezábamos a sacar sonidos”.

 

Trochón: Teníamos mucha libertad para trabajar. Nosotros componíamos y si  nos íbamos más allá de los límites establecidos no nos importaba. Al grupo le preocupaba conmover, buscar contenidos y formas distintas, hacerle constantes zancadillas a la gente en el sentido de que si una composición era esperable que fuera por acá, le hacías un pito catalán al que escuchaba  y la canción iba por otro lado. De alguna manera me parece que la función del arte es cultivar la capacidad de asombro”.

 

“Nadie en Los que iban cantando experimentaba en el mal sentido de la palabra, en una cosa como de pruebas o borradores internos. Ahí había un trabajo que podrá gustar o no pero que era profesional, un trabajo artístico acabado”.

 

 

 

 

 

EL HOMBRE. Cecilia Prato: “Cuando Jorge tocaba con Pajarito Canzani un amigo me dijo ‘mirá, vos tenés que aprender guitarra con ése que está ahí’. El que estaba ahí era Lazaroff, y si bien nunca logré aprender a tocar guitarra, a los pocos días fui al Nemus y empecé a tomar clases con él”.

 

“En ese momento Jorge estaba en una obra de teatro llamda Los comediantes de Jorge Curi y Mercedes Rein y como en la obra había que suplir a Mariana Berta, él me buscó todo el verano para que ocupara ese lugar. Estuvo a punto de desistir pero al final consiguió mi teléfono y me integré a la obra”.

 

“De ahí en más fuimos intimando, conociéndonos. Jorge era un tipo muy tierno, que metía siempre para adelante y que trataba muy bien a la gente. Creo que  esa tan especial manera de ser, fue la que generó su  atracción sobre mí”.

 

“En 1980 nos casamos. Hubieron épocas muy duras donde nos moríamos de hambre y hasta teníamos que vender discos para sobrevivir. Inclusive,  en algún momento, Jorge fue a cargar bolsas de papas al mercado. Él no le escapaba al trabajo rudo si era necesario hacerlo pero prefería ser consecuente y dedicarse exclusivamente a su música aunque pasara hambre. Él no aflojaba nunca con eso, salvo cuando nació Andrés”.

 

“Vivía soñando, como en el aire, siempre pensando y armando sus canciones. Tenía una disciplina terrible para componer. Él decía ‘me levanto a tal hora y de tal hora a tal otra compongo’  y no salía de ahí, no había quien lo sacara. Se concentraba en su tarea de una manera impresionante”.

 

“De las cosas de la casa…nada, no le interesaba. Sólo se dedicaba a hacer sus canciones y cuando vivíamos en Solymar (que era una especie de terapia para Jorge), plantaba árboles y hortalizas. Hasta llegamos a tener una huerta”.

 

“Por olvido o de repente porque un libro o un disco le gustaban mucho y se los quería quedar, tenía eso de pedir cosas prestadas y no devolverlas. Discos de los Beatles que le pidió a Raúl Castro, murieron y ahora los tengo yo en casa. Le encantaban los libros de economía. Había uno que no sé a quién se lo pidió y que todavía lo tengo: La economía descalza de Manfred Max Neef”.

 

 

 

 

 

EL CREADOR. Da Silveira: “Sus canciones no tenían una estructura fija sino más bien móvil, con partes A, B y C o con piezas intermedias que no se sabía bien lo que eran. Tenía canciones narrativas si se quiere. En Tangatos por ejemplo, llegó a la búsqueda de realizar una pieza electroacústica de como dieciocho minutos de duración”.

 

“El Choncho era muy riguroso consigo mismo y a veces demoraba un año en terminar una canción. En sus opiniones era implacable y defendía con mucho ahínco lo que pensaba aunque básicamente era un individuo inteligente que podía rever sus posturas si consideraba que era necesario”.

 

Trochón: “Era bastante tozudo lo cual no quiere decir que no modificara sus posturas. El sabía escuchar a los otros y muchas veces modificó canciones de acuerdo a la respuesta que hallaba en el público. Tenía una personalidad muy fuerte pero no era necio. Sucede que cuando  expresaba algo -oralmente o en sus canciones- dentro de su elaboración tenía todo un proceso de ida y venida, de repaso, de manera que aquello que sacaba, surgía con mucha sustancia, con mucho argumento de por qué para él las cosas eran así”.

 

Bonaldi: “El pasaje de Lazaroff por Canciones para no dormir la siesta se dio por la necesidad de llenar el  lugar  que yo dejaba momentáneamente debido a compromisos que tenía y me obligaban a ausentarme. Al mismo tiempo, Cecilia Prato ocupó el lugar de Susana Bosch. Canciones… era un grupo que básicamente estaba generado por gente del Partido Comunista y quienes sostenían una postura diferente, éramos tolerados con dificultad. Debido a ello, en toda la vida del grupo,  los problemas de relacionamiento interno fueron constantes. Jorge, que no compartía los planteos pedagógicos ni probablemente los políticos, abandonó el grupo (arrastrando tras de sí a Cecilia) en medio de una o dos jornadas de debates, que pasaban por el cuestionamiento al ‘socialismo real’ que desarrollaba Canciones… en su forma de exponer los temas.  Y se fue del grupo aún cuando era una buena fuente de ingresos”.

 

“En algún momento me dijo que le hubiera gustado mucho hacer cine y que le interesaba esa disciplina como posibilidad de composición. De allí seguramente, salió la idea del espectáculo Dos, donde Lazaroff en escena tenía su doble en una pantalla, con el que dialogaba cuestionándose a sí mismo y cuestionando el cierto mercantilismo en que se había convertido el canto popular”.

 

Trochón:Dos fue un trabajo muy audaz -explica Trochón- entre la imagen de él y  Jorge mismo en escena. Esa doble cabeza que a veces tiene el artista frente a sus composiciones y frente a lo social, esas voces interiores, como que el Choncho  las puso arriba del escenario”.

 

 

 

PELOTA AL MEDIO. Bonaldi: “Cuando ya estaba enfermo tuvimos unas conversaciones con el Choncho, un poco repasando lo que había sido la última etapa creativa de Los que iban cantando. Jorge había entrado en contacto con el público de carnaval a través de Falta y Resto,  había compuesto con Raúl Castro el ‘Cuplé de la gente’ y   ‘Pepe Revolución’,  había salido con la murga a los tablados, y eso motivó algunos cambios internos. En su disco Pelota al medio eso se ve: la música de Lazaroff pasó a ser menos rara”.

 

“En una de esas conversaciones, él tuvo una reflexión respecto a lo último que hicimos con Los que iban cantando en el sentido de que nosotros, de alguna manera, nos estábamos pasando de la raya con la capacidad de asimilación de la gente”.

 

Cecilia Prato: “La enfermedad se la descubrieron en agosto del ‘88 y falleció en marzo del siguiente año. Todo fue muy rápido. Una manera que tenía de borrar esa enfermedad era seguir para adelante. Era un tipo que le encantaba la vida y luchó contra la muerte yendo a hacer sus espectáculos con dolores impresionantes en las piernas. Su lógica era: ‘voy a hacer todo lo que pueda hasta que pueda’.”

 

“Andrés tenía tres años y medio cuando Jorge falleció pero durante ese escaso tiempo disfrutó a su hijo como a nadie. Podía caerse el mundo y él se hacía un espacio para estar con Andrés; el único que podía entrar al cuarto cuando Jorge estaba ensayando o pensando sus canciones era su hijo. Siempre se hacía un lugar para jugar o llevarlo a pasear”.

 

“Ahora Andrés tiene trece años y pocos recuerdos de su padre. Algunas imágenes de cuando a sus dos años por ejemplo, le compramos una batería chiquita con todos los implementos y él junto a su padre, se ponían a tocar una canción de los Beatles: ‘Eight Days a Week’.”

 

 

 

      Leonardo Scampini

 

 

     *Publicado en El País Cultural Nº 488 (12 de marzo de 1999)

 

 

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